Maxim Dondyuk, Sin título
“El arte de la guerra se basa en el engaño”.
Sun Tzu, El Arte de la Guerra, TIKAL, 2012
En el otoño de 2017, el fotógrafo ucraniano Maxim Dondyuk estuvo en la ciudad de Bogotá para hablar de su proyecto titulado Cultura de la confrontación, un trabajo documental sobre la revolución ucraniana de Euromaidan vista desde adentro. Ese proyecto llevó a la edición de un libro de fotografía, un entrañable proyecto cartográfico y visual sobre el teatro de la confrontación en Kiev, con sus facciones, sus confrontaciones internas y su evolución. La crisis ucraniana no era un simple fresco de una revuelta espontánea, es mas un diario fotográfico de la compleja crisis que fue tomándose las calles de Kiev hasta convertir el espacio urbano en una zona de combate y pedir la demisión del presidente electo Viktor Yanukovich.
El libro tiene tres capítulos en los que se relatan tres momentos de la crisis en Kiev en tres periodos de tiempo (01.12.2013–18.01.2014, 19.01.2014–17.02.2014 and 18.02.2014–20.02.2014). Sin embargo no se trata de un trabajo periodístico o de una obra de denuncia, es más bien un libro de crónica, un diario sobre un conflicto que tanto Maxim Dondyuk como el periodista Americano Simon Shuster (enviado por TIME Magazine para cubrir los acontecimientos) intentan comprender mientras se desarrolla; junto con los pensamientos de esos dos testigos se despliega el enramado de una serie de enfrentamientos generados por la creciente injerencia rusa en la política y en la sociedad ucranianas.
PUNTO DE FUGA empezó a indagar más a fondo sobre este documento fotográfico, escuchando los relatos de Maxim y u testimonio de la experiencia de la revolución en momentos de incertidumbre y de confrontación política. ¿Qué llevó a un fotógrafo y activista, testigo ocular, partícipe de las revueltas sociales y políticas de la juventud en Ucrania a documentar con precisión ese momento de tensión? ¿Hasta qué punto el periodista y el fotógrafo han conseguido jugar el papel del historiador? ¿Como se dio el proceso de reconstrucción de los hechos para convertir un teatro de guerra en un relato testimonial con valor histórico? ¿Cuál es el estatus de ese tipo de fotografías, se trata de testimonios o de documentos históricos?
El ultimo encuentro que se dio con el fotógrafo abrió el campo hacia un amplio portafolio fotográfico más complejo y más lleno de matices sobre el pasado y el presente de Ucrania, su sociedad, su política, su historia, sus cambios y sus múltiples desaciertos. PUNTO DE FUGA decidió revelar el contenido de un proyecto fotográfico Sin título, para conocer más a fondo las inquietudes de un fotógrafo que ha conseguido entrar en Chernóbil para documentar los efectos del desastre nuclear en la zona. Los documentos y las fotografías reunidas son un intento por documentar el abandono forzado de una región que sufrió un abandono masivo tras la explosión de uno de los reactores de la central nuclear Vladimir Illuch Lenin el 26 de abril de 1986. La mayor parte de esa región ha quedado en cuarentena. Maxim se ha adentrado en territorios aún marcados por la radiación para fotografiar los paisajes del desastre y entrar en las casas abandonadas buscando recolectar historias de vida o indicios de un pasado soviético olvidado.
P.D.F.: Maxim, has estado trabajando en una serie de proyectos fotográficos sobre la historia reciente de Ucrania, el país en el que naciste. Uno de esos proyectos es un intento por restituir parte de la historia soviética de la región de Chernóbil, después del desastre nuclear de 1986. Me contabas que habías estado varias veces en la zona, infringiendo algunas de las normas de acceso. En uno de tus trayectos te encontraste una serie de documentos, de fotografías, películas y objetos que llamaste artefactos. Parece que tu compromiso político no solo te ha llevado a hablar de protestas actuales, también implica una comprensión mas complete de la historia de tu país. ¿Cómo empezó ese proyecto y porque consideraste necesario documentar la historia de Chernóbil a través de archivos y fotos?
M.D.: Te agradezco esa pregunta. Pienso que es erróneo pensar que estoy politizado. En realidad, me interesan los hechos históricos. Es una de las razones por las cuales he estado documentando la epidemia de tuberculosis, la revolución y la guerra en Ucrania. Todos estos son eventos históricos, factuales.
Este último proyecto sobre Chernóbil es el primero que hago con material documental encontrado y no únicamente con mis propias fotografías. He ido a esa región muchas veces, pero no había considerado hacer de ese viaje algún trabajo documental a largo plazo. En 2015 estuve en esa zona por un trabajo que me encomendaron y fue ahí donde todo empezó a tener más sentido para mi como fotógrafo. La revolución ucraniana había terminado y yo estaba sumergido en ese tema de investigación sobre los monumentos de la época soviética en esa zona. Tengo que decir que siempre he sido critico con respecto a la era soviética y a lo que el gobierno de esa época hizo en Ucrania. No concuerdo para nada con esa política. Pero al mismo tiempo, los monumentos históricos de la época soviética tienen un interés histórico, arquitectónico y visual para mi. Son construcciones que considero valiosas.
Chernóbil me recordaba mucho el país en el que nací. Las cartas y las fotografías que encontré dentro de las casas abandonadas hablaban de la intimidad y del cotidiano de las personas que vivieron ahí. Desde ese entonces me dediqué a averiguar lo más que pude sobre el área de Chernóbil, la explosión de 1986 y el valor de todos esos objetos encontrados que comencé a acumular por ser documentos de valor histórico. En mi país nadie se había preocupado por esos documentos, nadie los había ni siquiera buscado durante casi treinta años.
P.D.F.: Chernóbil fue una ciudad de la antigua Unión Soviética. Era muy poco lo que se conocía de esa región antes de que los medios cambiaran por complete la opinión que muchos lectores de la prensa se hacían en el mundo entero sobre ese territorio. El desastre nuclear de 1986 hizo aparecer ese territorio como zona gris, el lugar que fue testigo del peor desastre ecológico del siglo XX. Tu proyecto empieza hacienda una pregunta muy interesante: qué conocemos sobre Chernóbil antes de ser absorbido por una nube radioactiva? ¿Qué impresiones tuviste al acercarte a ese territorio desconocido después de todo? ¿Qué fue lo que notaste al fotografiar los paisajes y descubrir los artefactos que contenían muchos de los recuerdos de esa época que no conocimos?
M.D.: La primera vez que estuve en Chernóbil fue hace muchos años. Era un lugar fascinante para un fotógrafo como yo. Cuando ves las casas abandonadas de un día para otro y te das cuenta que esos rastros de vida van siendo remplazados gradualmente por la naturaleza, no eres indiferente a la realidad del territorio. Después de no ir por un largo periodo de tiempo regresé en 2005 como te contaba. En ese entonces ya era capaz de ver con más claridad todas esas cosas que no había podido entender, un desalojo masivo que no había percibido en todas sus dimensiones.
Me interesaban los edificios aislados, casas construidas en zona rural con una arquitectura muy peculiar, rastros de antiguas construcciones militares en la zona. Ese tipo de construcciones eran las que me causaban curiosidad. Pero al entrar en esos lugares abandonados y descubrir la cantidad de documentos y de objetos que contenían empecé a tomar consciencia de la importancia d rescatar esa información, de archivarla y conservar la memoria de esos lugares. Quedé bastante impactado al conocer la brutalidad y la rapidez con la que el gobierno soviético evacuo a todos los habitantes de la zona, prometiéndoles que volverían en pocos días sin darles la posibilidad de llevarse recuerdos y pertenencias valiosos para ellos.
Muchos de esos objetos eran fotos, cartas, registros de la memoria familiar, de la vida cotidiana. No sé si te alcanzas a imaginar dejar en la casa en la que creciste todas las fotografías, las cartas y los objetos que te recuerdan a tu familia. Esos recuerdos desaparecieron en la memoria de las personas que los abandonaron. Eso fue lo que le ocurrió a esas personas que dejaron Chernóbil pensando regresar pronto. Durante la evacuación esas personas no se dieron cuenta de lo dramático que fue el desastre nuclear. Esas familias no sabían que nunca más podrían regresas a las casas donde crecieron y donde vivieron toda su vida. Ese desarraigo fue el que me llevó a entender la importancia del trabajo documental.
P.D.F.: Te pregunto esto porque tengo la impresión que mas allá de documentar la historia de Chernóbil, el pasado soviético de una región evacuada en 1986 hoy habitada, tu conseguiste romper con esa prohibición de acceso para recuperar esos artefactos que cuentan de otro modo las historias de vida de quienes abandonaron la zona. Esos documentos son como los registros de una vida que los noticiero y las crónicas periodísticas nunca mostraron. Tus fotografías por otro lado son imagines de ese paisaje ucraniano que no parece sumido en la tragedia. ¿Consideras ese trabajo como algo periodístico o crees que tu proceso es mas lento y va más allá de la cuestión informativa o de reclamo sobre el desastre nuclear que sacudió a ese territorio en una zona non grata? ¿La intención de tus imagines es recordar un evento trágico o es por el contrario un trabajo histórico, una labor documental distinta a la que se puede conocer a través de los medios?
M.D.: Realmente no me considero un fotoperiodista. Este es mi segundo proyecto documental después de Cultura de la Confrontación, un trabajo más meditativo sobre el conflicto en ucrania, contado desde una perspectiva de más largo plazo. Esa mirada es por supuesto distinta de la que uno puede tener con el periodismo informativo. Después de Maidan, muchas cosas han cambiado, empezando por el lenguaje fotográfico. Sigo trabajando para periódicos y revistas pero mis proyectos personales van más a fondo, son más complejos y no hablan de la actualidad. Me considero más un artista. Mis proyectos han sido pensados para formatos de libro o de exposición.
Ese ultimo trabajo sobre Chernóbil es una obra contemplativa, de trayectos constantes y recorridos por toda la región. Es una obra en la que busco explorar a fondo el territorio. Cuando estoy recorriendo esos paisajes en destrucción sólo tomo una fotografía cuando considero que ese paisaje merece ser fotografiado. No se trata de documentar una tragedia o un evento específico, es más bien entender cuales son las tensiones contenidas en ese territorio, las historias de vida que han sido interrumpidas por el desastre nuclear. Es probable que muchos fotógrafos contemporáneos hayan fotografiado ese territorio. Es difícil hacer algo que sea autentico o radicalmente distinto de lo que comúnmente se ve en el mundo de la fotografía documental o de prensa sobre Chernobil. Desde que descubrí todos esos artefactos: postales, cartas, fotografías y películas abandonadas en las basuras o tiradas en el suelo de las casas, ese recuerdo se quedó grabado en mi memoria. Esa inquietante realidad del despojo me llevó a entender lo necesario que era constituir un archivo con todo lo que pudiera encontrar en la región.
P.D.F.: Cuando conversamos sobre este proyecto me dijiste que tus viajes a la región no eran seguros. Tuviste que infringir algunas restricciones para adentrarte en ese paisaje radioactiva asumiendo una serie de riesgos para tu salud. Esa actitud transgresora tiene mucho en común con el trabajo del reportero, especialmente el reportero de guerra. A diferencia de ellos, tu vas y vienes en la zona sin intentar captar algún momento decisivo, ignorando por completo lo que pueda surgir con cada viaje. Buscas de pronto entender con mayor profundidad ese paisaje desordenado marcado por la explosión de una central nuclear treinta años antes. ¿En qué momento decidiste abordar esa zona a través de sus paisajes? ¿Esa era tu forma de decir algo más sobre Chernóbil, algo que otros fotógrafos no habían conseguido expresar con tanta sensibilidad?
M.D.: La amenaza a la que se enfrenta cualquier persona que visite esa zona es invisible, se trata de la radiación. A pesar de que hayan pasado casi tres decenios desde la explosión del reactor nuclear hay muchos lugares en donde la radiación es muy alta. Cuando te expones a la radiación no te es posible notar la diferencia inmediatamente. Los efectos nocivos de la radiación pueden aparecer años mas tarde. Desde 2015 he tratado de alejarme del reportaje clásico para enfocarme en proyectos de más larga duración cambiando profundamente el lenguaje con el que expreso inquietudes muy reales. Trato siempre de explorar un territorio, recorrerlo varias veces y en distintos periodos de tiempo para captar eso que no se puede percibir inmediatamente.
Hace un tiempo trabajé en un proyecto que se titula Between Life and Death (Entre la vida y la muerte) y que buscaba aproximarse a una situación trágica de una perspectiva distinta a la del periodismo. En esa serie utilizo la misma experimentación visual: observo la realidad de lo que ocurre buscando entender lo que sucedió sin intentar registrar el evento o dirigir la atención hacia lo que es más obvio. En ese proyecto empecé a tomar conciencia del valor histórico de las ruinas de un territorio sacudido por la guerra. Las fotografías de esos restos de una guerra muestran con mayor profundidad los horrores de una guerra que los eventos sangrientos que tuve la oportunidad de fotografiar en 2014 cuando acompañe a la armada ucraniana en el frente de guerra.
Todos esos documentos acumulados entre los muros de todas esas casas en ruinas han servido para conservar la memoria del cotidiano en esa región antes de la explosión. Lo fascinante de todos esos artefactos o documentos históricos es que nos permiten ir atrás en el tiempo para entender como se vivía hace treinta años. Después de todo, el tiempo se detuvo en Chernóbil desde 1986. Esa región quedó detenida en la época soviética, congelada en el tiempo. Las cartas, los alimentos en conserva y las fotografías quedaron realmente congelados en el tiempo. Eso me parece fascinante….
P.D.F.: Me interesa saber cómo has ido aproximándote a esos documentos encontrados. Dices que son objetos históricos, congelados en el tiempo y en el espacio, relatos de historias familiares en donde quienes abandonaron el territorio vivieron felices. Esas memorias familiares no reflejan el ambiente de destrucción y de soledad de tus fotografías de paisajes nevados, casas en ruinas y bosques secos. Es más fácil asociar tu trabajo de documentación con la actividad de un cazador. Tus fotografías de los paisajes de esa zona revelan sutilmente esa violencia generada por el desastre nuclear y el abandono de la región por quienes la habitaban. El abandono y la ruina sólo se convierten en una evidencia cuando los confrontas con esas fotografías de la vida antes de 1986. ¿Crees que esas fotografías encontradas, esos documentos de archivo podrán algún día coincidir con esos paisajes que tu has ido retratando desde hace unos años? En otras palabras, ¿hay alguna forma de lidiar con el vacío producido por el desalojo a través de la fotografía o será que el mes de abril de 1986 será siempre un punto de ruptura, un año cero en tu proyecto documental?
M.D.: No considero realmente mi trabajo como un gesto de caza. Pienso más bien que se trata de un trabajo arqueológico. Antes de entrar en una casa empiezo a buscar en la memoria de quienes habitaron la zona en basuras, entre montículos de arena y en el barro. El recorrido empieza en los alrededores de la casa. Son documentos que muestran el área en la que fueron encontrados tal y como quedó después de la tragedia. La esencia de este proyecto es la búsqueda de recuerdos dejados por quienes habitaron esa zona en el pasado antes de que ocurriera la tragedia. Esos recuerdos fueron destruidos también, abandonados y sometidos a la radiación del suelo. Muchos de ellos estaban siendo destruidos por las naturaleza. En mi país recolectar objetos de la zona es considerado como vandalismo o robo.
Es por esa razón que nunca mencione a quienes me acompañaban en esos viajes que estaba recolectando todo ese material encontrado. Si alguien llegara a saber que estoy recolectando ese material probablemente sería arrestado y no podría volver a Chernóbil nunca más. Pero asumo el riesgo. Para mi toda esa documentación tiene un invaluable valor histórico mientras que para los museos locales y el gobierno se trata simplemente de basura. Espero que después de hacer publica esta investigación pueda seguir con mi trabajo de archivo sin atraer la mirada de las autoridades.
P.D.F.: Muchos de esos paisajes fotografiados generan una sensación de tranquilidad. Las fotografías del paisaje son muy silenciosas. La mayoría de ellas contienen una fuerte carga estética, son sutiles, casi como si se tratara de pinturas al oleo profundamente descriptivas. No son fotografías que reenvíen automáticamente a la región de Chernóbil o a cualquier zona de desastre que uno se pueda imaginar. Tus paisajes descriptivos son extremadamente sensibles, todos parecen contener un profundo sentimiento de soledad y de tristeza. ¿Cuando fotografiaste esos paisajes estabas tratando de ser objetivo o distante hacia el territorio que recorridas? ¿Se puede decir que ese territorio abandonado está marcado por paisajes trágicos, lugares solitarios llenos de nostalgia o se trata más bien de un campo en ruinas, de un paisaje estéril, inanimado? ¿Cómo definirías tu esos paisajes que fotografiaste?
M.D.: La fotografía es simplemente un contenedor de emociones, es el reflejo de lo que sentí al aproximarme a ese territorio. No hay objetividad en la fotografía, al menos no en la que yo hago. La fotografía de esos paisajes refleja un punto de vista subjetivo, una realidad pasada por el filtro de una cámara en la que se refleja toda mi sensibilidad, mi mundo interior, sentimientos relacionados con mi propio pasado. Cada fotógrafo descarta todo lo que es innecesario al dejarlo fuera del encuadre de la imagen. Todo lo que está sucediendo alrededor deja de ser importante. Pero ese mismo contexto que muchas veces parece haber sido excluido puede cambiar profundamente el sentido de una fotografía. La fotografía es el reflejo de una narrativa personal de un artista. En ella están contenidos los sentimientos, la sensibilidad, las decepciones y las esperanzas de quien mira. Es en otras palabras la mirada de un fotógrafo. Cuando veo algo que me conmueve siempre trato de registrar esas emociones a través de la fotografía. Es por esa razón que no me considero un fotógrafo documental clásico.
P.D.F.: Tus incesantes recorridos por la región te llevaron a la ciudad soviética de Prioyat, un lugar lleno de vida antes del desastre de 1986. Esa ciudad como muchas otras situadas en el perímetro de la explosión nuclear desaparecieron de la noche a la mañana. Los habitantes de esa región también desaparecieron al ser evacuadas a múltiples ciudades y pueblos de la Unión Soviética. Al describir esa región decías: ¨Hoy en día casi todo el mundo conoce Chernóbil como una región altamente peligrosa por sus niveles de radioactividad. Para muchos es un territorio desierto, sin presencia humana. Ahora sabemos que es una región en la que hubo una intensa actividad. ¿Por casualidad has intentado buscar a las personas que habitaron esas casas en zonas rurales? ¿En donde vive toda esa genta hoy en día si es que todavía vive? ¿Piensas que esas personas serán capaces de reconocer su pasado cuando se enfrenten a todos esos recuerdos que dejaron atrás?
M.D.: A este estado del proyecto, no he podido encontrar a nadie que haya vivido en esa zona. El principal objetivo por ahora es recolectar todos los objetos, las imágenes y los recuerdos que pueda para hacer crecer el archivo de la zona. Por una razón, todos esos objetos y documentos están siendo destruidos por la radiación y por las condiciones naturales que ahí se viven. Pero ciertamente quiero buscar a quienes vivieron en la zona. Estoy pensando crear con todos estos hallazgos una plataforma multimedia en donde la gente pueda encontrar las casas donde vivieron y reconocer todos los objetos que he ido recolectando. Me gustaría que muchos de quienes abandonaron el lugar puedan encontrar a sus familiares y descargar los archivos.
Mi hermano Nikolai Dondyuk, director de cine documental, se ha unido a este proyecto. Empezó a filmar y documentar todo el proceso. Hemos estado varias veces en Chernóbil y él ha ido registrando la forma como estoy recolectando toda esa documentación histórica. Algunas de esas tomas van a servir para promover el proyecto en las redes. Tengo un archivo extenso de casas en donde he encontrado una gran cantidad de material fotográfico y películas. Nos gustaría incluir los testimonios de quienes vivieron en esas casas para poder terminar con la labore de documentación. Me interesaría poder compartir toda esa información con ellos y ver su reacción. Saber por ejemplo si aprueban o condenan esta tarea histórica de recuperación de la memoria.
P.D.F.: Veo que tienes un gran interés por cartografiar tus descubrimientos, registrando con mucho cuidado el lugar en donde encontraste la documentación y las fechas en que lo hiciste. Todos tus viajes pueden ser reconstituidos. Porqué has considerado que es importante registrar la hora y el lugar en donde encontraste cada uno de esos objetos archivados? Crees que al situar los objetos en el tiempo y en el espacio en el que fueron encontrados eso les da un valor histórico? En otras palabras, piensas que esa documentación es importante porque dicen algo del sitio y de la época en la que fueron encontrados o piensas que esos archivos pueden ser testimonios de algo mas universal como lo es el exilio forado y el abandono de la tierra?
M.D.: Este proyecto sobrepasó en muchos aspectos mis expectativas. Ahora me doy cuenta que no se trata simplemente de una serie documental sino de un proyecto de museo. Soy un visitante asiduo de los museos de Europa y sé lo importante que es para esos lugares el documentar con exactitud el sitio y la época en la que fueron encontrados ciertos documentos de valor histórico. La cartografía facilita la investigación y permite establecer nuevas zonas arqueológicas para seguir recolectando material.
En 2018 pude regresar a una de las casas que ya había registrado. El mapa es importante por permite orientarse en la zona y también permite saber cual es el perímetro que ya ha sido intervenido y qué nuevas zonas quedan aun por investigar. Es una forma de saber cual es el porcentaje del trabajo realizado. Me gusta ser exhaustivo. La idea es que al visitar el futuro museo una persona pueda ir mas a fondo y descubrir las historias detrás de cada casa, de cada barrio o de cada zona.
Creo que es muy importante darle una cierta estructura a cada proyecto mientras se va desarrollando. No pienso que es una buena idea que únicamente el artista sea quien pueda orientarse en un territorio para saber que es lo que acontece ahí. En mi caso, el curador de la exposición tendrá toda la libertad para determinar la museografía y establecer recorridos según su sensibilidad y su criterio.
P.D.F.: Me pregunto si en todo ese proceso de recolección histórica tan arriesgado que estás llevando a cabo, poniendo en riesgo tu salud y también tu libertad para trabajar con documentos que normalmente no has debido recuperar de esa zona de riesgo no hay un pequeño espacio para la ficción. Lo digo porque hace poco estuve leyendo un libro de Sandor Marai, un escritor húngaro que tuvo que vivir en el exilio durante la época soviética. En una de sus novelas titulada El último encuentro, el personaje principal se encuentra con un amigo que no había visto por mas de cuarenta años. Entre estos dos amigos se va desarrollando un encuentro bajo el tono de un juicio moral e histórico. Las decisiones que estos amigos tomaron en el pasado son muchas veces condenadas o criticadas. La ficción tiene también un poder para describir las sutilezas de un tiempo que es difícil de recordar. Si tuvieras que escoger a un escritor o una novela para acompañar uno de tus libros, cual sería?
M.D.: Es una pregunta muy inesperada. Pienso en la novela Batalist de Arturo Pérez Reverte. Es un escritor muy reconocido que hace mucho tiempo escribió reportajes periodísticos de zonas en guerra. Este libro en especifico trata la historia de un fotógrafo militar que paso su vida retratando la Guerra. Al final de su vida decidió irse a vivir a una iglesia para pasar sus últimos años en paz. Al interior de esa capilla empezó a crear un fresco para ilustrar todo lo que vivió y todo lo que vio en el pasado. Un encuentro inesperado con una persona le cambia profundamente la vida. Se trata de algún que durante 25 años estuvo buscando incansablemente a ese reportero para matarlo por las graves consecuencias que tuvo para el observar una de sus fotografías publicadas en la prensa. A partir de ese encuentro se produce un dialogo muy impactante para mí como fotógrafo.
No quiero herir a las familias que aparecen en las fotografías encontradas. Pero muchas veces el trabajo de la verdad genera ese tipo de situaciones embarazosas. Las revistas, los periódicos y las publicaciones en línea pueden generar ese tipo de conflictos cuando la tragedia aún no ha sido superada colectivamente. Muchas de esas imágenes retratan una realidad que no deja de ser polémica. Los archivos que he ido alimentando con cada viaje, contienen historias y recuerdos de un pasado soviético y son los registros de una vida antes del desastre de Chernóbil lo que las hace doblemente comprometedoras. Es una de las razones por las cuales no he incluido ningún retrato en mis fotografías. Quizás, dentro de 25 años o cuando esa región no sea considerada un peligro pueda dar a conocer las caras de todas esas personas que vivieron en la zona antes de 1986.
No quiero terminar esta conversación sin darle la gracias a todas las personas que han estado acompañándome en este proceso. Ellos son Oleg Sosnov, Dmitri Kupriyan y mi adorada esposa Irina con quienes he trabajado arduamente para terminar este proyecto.